Hace tan solo 3 años, tal día como hoy me desperté con el sofá lleno de regalos. Hecho con todo el cariño amor e ilusión que mi madre podía permitirse, pues en ese momento no disfrutábamos de una economía boyante.
Sé que hizo un enorme esfuerzo, pero al abrirlos solo me entró una decepción tremenda, la cual intente ocultar, ya que no había ninguna sorpresa, por ende para mi no eran regalos de reyes. Y como una niña malcriada y tonta, me fui a la habitación para espiar en Instagram las maravillosas cuentas de otras personas , que si habían recibido grandes regalos. Vergüenza es lo que sentí al verme al espejo al día siguiente, pues yo no era así, y sí el consumismo había ganado la batalla, pero no la guerra.

Un viaje al pasado y una canción.


Mi mente divagó 20 años atrás, en uno de los peores momentos de nuestra vida, donde solo pedí un CD de música, que ni siquiera nos podíamos permitirnos.  No sé cómo lo hicieron, pero mis padres lo pusieron dentro del ordenador e hicieron sonar la canción, pensé que era la radio, pero al abrirlo ahí estaba, era solo para mí, mi CD y lloré, lloré tanto que acabamos abrazados los tres ante la mirada de inocencia de mi hermana, pues ella no entendía que pasaba. A día de hoy, cada vez que mi madre y yo escuchamos esa canción, nuestra mente se conecta al pasado, en ese preciso instante donde por un momento fuimos felices de verdad.

Las mejores navidades de mi vida, no estuvieron envueltas en papel


Un punto de inflexión marcó la vida de las tres, no importaban los regalos, el cava, los turrones o las obligaciones familiares. Nuestro problema se llamaba melancolía, añoranza y tristeza, pues para nosotras la navidad jamás volvería a ser igual, porque él ya no estaba. Era hora de cambiar las cosas, y ahí sentadas en el comedor decidimos escribir nuestro propio camino, un sueño que no creímos posible, pero el destino es caprichoso y dos corazones rotos hicieron que el tercero se uniera al viaje que cambiaría el resto de nuestras vidas.

Bienvenidos a París


Lejos de todo recuerdo, en un piso desconocido que se convirtió en nuestro hogar durante los siguientes días, pasamos la mejor navidad de nuestra nueva vida, pues la antigua acabo cuando mi padre enfermó. La primera visita no podía ser otra que la embajadora de París, y ahí las 3 cogidas de la mano sabíamos que nuestra historia solo acaba de empezar, y nosotras éramos las únicas autoras de este libro.

Navidad bien o en familia

Quizás sueño utópico, pero en el fondo de mi corazón ansiaba viajar al pasado donde se comía en dos turnos, hacíamos cadena para fregar los platos y había guerra de neulas. Pero me equivocaba, lo único que anhelaba era mi ignorancia infantil, donde todo era felicidad. Estaba ahí, sentada bajo el cielo estrellado de la ciudad que una vez me robo el corazón, respirando libertad.

Eramos libres, y con el miedo de un cachorro al alejarse de su madre emprendimos un viaje sin fin, pues cambió el rumbo de nuestras vidas.

En una ciudad desconocida, con los dos mujeres de mi vida, descubrí el verdadero sentido de la Navidad.

Eres feliz o eres libre

Piramide del museo El Louvre Paris

Y hoy dos años más tardes, sentada en una tetería con mi madre, solo puedo dar gracias al universo por la lo aprendido. Con las Navidades más minimalistas de mi vida a lo que a mi persona se refiere, solo diré gracias universo por abrirme los ojos. Por ayudarme a desprenderme de un belén antiguo, de un árbol que no cabía en ningún lugar, una decoración que jamás volverá a ser igual.

Si algo he aprendido estos dos años, es a diferenciar entre lo que quiero y lo que necesito. Lo primero me lo puedo comprar yo, lo segundo solo me lo pueden dar las personas que me conocen, y la mayoría de las veces no están en una lista, si no en un espacio o un lugar.

Este 2018 solo os deseo una cosa, libertad.